Padre Nuestro en Gaèlico 22 julio, 2010
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La familia 26 junio, 2010
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DETRÁS DE UN GRAN DEPORTISTA…. UNA GRAN FAMILIA
Hola a todos!
Quienes compartimos el camino del cultivo del deporte vemos que el conocido refrán que “detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer” tiene más de una aplicación, entre ellas el deporte, el arte y prácticamente toda actividad exitosa de alguna persona, cuenta con el respaldo de un ambiente cercano, el primero, la familia.
Vemos cada día llegar a chicos que vienen de la mano de sus padres/madres, incluso algunos de ellos con alguna limitación física, animados por sus progenitores en no desfallecer aunque los resultados sean más lentos de los esperados.
Para los que ya están en niveles competitivos, qué sería de los deportistas que no son acompañados por sus familias para ponerles los pies en el piso cuando los triunfos llegan, o darles las alas de la superación, cuando la derrota fue el resultado de tanto esfuerzo previo.
Este espacio es para darles a todas las familias, a cada integrante nuestro homenaje. Felicitarlos por haber descubierto que sus hijos e hijas, además de conocimientos y tecnología, necesitan la práctica de un deporte o arte que los ayude a desarrollarse como personas equilibradas en sus distintas habilidades.
Porque, por otro lado, desde nuestra experiencia personal, el hecho de que alguno de los integrantes de la familia practique algún deporte, es un punto muy beneficioso para contribuir a la unidad, hay una causa común, experiencias alegres y tristes que se viven juntos, ideales y metas que movilizan a todos en una misma dirección.
Nuestra gratitud a todos y esperamos que los objetivos que buscamos, se vayan haciendo poco a poco una hermosa realidad.
Dios los bendiga
Max
BYE 17 mayo, 2010
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CON LOS OJOS DE DIOS 17 mayo, 2010
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EWTN Live: Fr. Thomas Norris- St Patricks. 14 mayo, 2010
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La caridad animadora de María 13 mayo, 2010
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Autor: P Antonio Rivero LC
La caridad animadora de María
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| María, ten caridad con nosotros y enséñanos a rezar, porque nos conformamos con nuestras devociones y creemos que con eso, basta. | |
Hechos 1, 14) Composición de Lugar: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste” (Hechos 1, 14). Ahí estaba María con los apóstoles, en oración íntima, preparándoles para la venida del Espíritu Santo, animándoles, pues Jesús se acababa de ir al cielo, y ellos se sentían solos, desprotegidos y con mucha añoranza del Maestro. ¿Qué les diría María? ¿Cómo les animaría? Cuántos recuerdos se agolpaban en la mente y en el corazón de María y de los apóstoles. Metámonos también nosotros en ese Cenáculo para prepararnos, con María, para la venida del Espíritu Santo. María ya tenía una larga historia personal con el Espíritu, desde la Encarnación. ¿Quién mejor que Ella para enseñarnos cómo prepararnos para Pentecostés? Petición: Señor, que sea un gran animador entre mis hermanos los hombres, con una caridad que transmita seguridad, consuelo y aliento, a ejemplo de María en el Cenáculo. Fruto: Ser siempre a mi alrededor un auténtico paráclito (animador y consuelo) para mis hermanos, como lo fue María en Pentecostés con los apóstoles a quienes ayudó a prepararse para recibir al Espíritu Santo. Puntos: 1. La caridad de María les enseñaba con paciencia de madre y maestra a rezar a los apóstoles durante la espera de Pentecostés: ¡Qué dichosos los apóstoles que pudieron orar junto con la Virgen! Ella dirigiría la oración. Ella daría ejemplo de fervor. Sólo con mirarla a Ella, se disiparía el cansancio, la tibieza, las distracciones de los apóstoles. Esta caridad de María comprendía el tedio de los apóstoles que estaban ya fatigados de tanto esperar. Esta caridad de María excusaba los defectos de estos hombres tan llenos de defectos todavía, pero cuyo amor a Cristo su Hijo era evidente. Esta caridad de María animaba a estos apóstoles que experimentaron la ausencia de Cristo, después de tres años de tanta intimidad con Él. Les enseñaba a rezar. Enseñar a quien no sabe es una obra de misericordia, es un acto de caridad sublime. Enseñar a rezar, porque María sabía que la oración es fuerza, es luz, es consuelo para el camino. Les enseñaba a rezar con humildad, con confianza, con perseverancia y con corazón limpio y desinteresado. Les enseñaba esa oración personal e íntima, amasada de fe y gratitud, de entrega y humildad. Y también les enseñaba la oración comunitaria, hecha como Iglesia, en nombre de la Iglesia. Ah, María, ten caridad con nosotros y enséñanos también a nosotros a rezar, porque nos conformamos muchas veces con nuestras devociones y creemos que con eso, basta. La oración es mucho más que rezar nuestras devociones privadas. Es abrirme y escuchar a Dios como persona, con toda mi mente, corazón, afecto y voluntad, y donde Dios me transforma poco a poco, y así poder hacer en mi vida su santísima voluntad. 2. La caridad de María les ayudó a abrir la mente, el corazón y la voluntad de los apóstoles para recibir el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El primer “Pentecostés” para María, por así decir, fue el día de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella e hizo el milagro de la fecundación del Verbo en su seno. La caridad de María les enseñó cómo abrir la mente, el corazón y la voluntad para la venida del Espíritu Santo. Les decía que abrieran la mente, porque el Espíritu Santo es Luz que les iluminaría para que comprendiesen el mensaje de su Hijo Jesús antes de predicarlo. Les decía que abrieran el corazón, porque el Espíritu Santo es Amor que limpia toda impureza y deseos terrenos, y de esta manera harían de su corazón un auténtico oasis donde Cristo podría reponer sus fuerzas e intimar con ellos. Les decía que abrieran su voluntad, para que el Espíritu Santo les llenase de fuerzas para después ser valientes testimonios de Cristo, como realmente lo fueron. Oh, María, dime cómo tengo yo que abrirme a este Don Supremo del Espíritu. 3. La caridad de María fue aliento y estímulo para lanzar a estos apóstoles por el mundo entero predicando el evangelio de su Hijo. Les dijo que ya estaban capacitados para ir y predicar con valentía la buena nueva de su Hijo Jesús. Les dijo que no tenía que importarles lo que dijeran o dejaran de decir los otros, pues el Espíritu Santo pondría las palabras acertadas en su boca. Les alentó para que no se desanimasen ante las dificultades que encontrarían en muchas casas y ciudades. Les consoló el corazón, tan necesitado del cariño maternal. Les aseguró que el Espíritu es viento impetuoso que les llevaría con fuerza por todos los rincones del mundo. Les aseguró que el Espíritu es lengua de fuego que se les meterá en el corazón y les hará hablar sin miedo y sin cobardías, hasta convertirles en celosos apóstoles y mártires. Les aseguró que el Espíritu restaurará la unidad perdida en Babel, donde el orgullo humano fue castigado con la diversidad de lenguas. El Espíritu es forjador de unidad y comunidad. Ahí está María en esta primera Iglesia, en esta Iglesia primitiva. Está en medio de la Iglesia naciente. Está como la madre de Jesús, amándolo en estos hombres concretos que Él había elegido. Conoce las debilidades y los miedos de esta primera comunidad eclesial y la ama en su realidad concreta. Les dice que a ellos se les ha encomendado el Reino. La pequeñez de los instrumentos no asusta a María. La presencia de María en este Cenáculo es solidaridad activa y consoladora con la comunidad de su Hijo. Ella es la que con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu. Ella es la Madre de la Iglesia. Todo su amor y todos sus desvelos son ahora para esa Iglesia naciente que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas. Ignoramos cómo transcurrieron los últimos años de María y también cuándo y dónde aconteció el final de su vida terrena. Pero seguramente fueron años de íntima unión con Cristo y con su obra. Y ese final marcó el inicio de otra forma de existencia, junto al Señor glorificado y junto a nosotros. Ella desde el Cielo sigue derramando su caridad con su mediación e intercesión por nosotros, sus hijos. Preguntas para reflexionar:· ¿Qué experiencia tengo del Espíritu Santo en mi vida? ¿Puedo decir que es para mí Luz para mi mente, consuelo para mi corazón y fuerza para mi voluntad? |
MENSAJE DE LA SANTÌSIMA VIRGEN MARÌA 12 mayo, 2010
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AUN ESPERO LA CONSAGRACION DE RUSIA A MI CORAZON INMACULADO PARA EVITAR LA TERCERA GUERRA MUNDIAL. (MARIA) LUZ DE MARIA.
La señora Luz de María de Bonilla es de América Latina, casada con hijos, desde hace ya más de 17 años recibe mensajes de Nuestro Señor Jesús y Nuestra Santísima Madre María, dando enseñanzas, profetizando y advirtiendo sobre acontecimientos dramáticos para la humanidad, muchos de los cuales se han cumplido con exactitud, ella cuenta con un grupo de sacerdotes que la acompañan, permaneciendo en el anonimato por mandato de Jesús hasta que El disponga se dé a conocer públicamente su identidad, no obstante debido a la celeridad de los eventos muchos de los mensajes se dan a conocer a la humanidad por disposición del Señor.
Revelaciones Marianas
MENSAJE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
A SU HIJA AMADA LUZ DE MARÍA
12 DE MAYO 2010
Amadísimos de Mi Corazón Inmaculado:
UNA VEZ MÁS LES TRAIGO A LA MEMORIA MI AMOR POR CADA UNO DE LOS SERES HUMANOS.
Aún espero la Consagración de Rusia a Mi Corazón para evitar la Tercera Guerra Mundial. Pero han dejado de lado Mis pedidos que traerían el bien a todos, evitando el dolor de la humanidad.
La persecución de la Iglesia fiel a Mi Hijo, está recrudeciendo. Hay oposición a Mi Pedro de parte de quienes deberían mantener fidelidad, y esto presagia un enfrentamiento conocido y gestado por quienes, con el deseo de unificar a las iglesias del mundo, están tergiversando esta unidad mediante una máscara que el demonio ha utilizado para infiltrarse en el seno de la Iglesia y así socavar poco a poco su institucionalidad.
La masonería y tantas otras sectas unidas al comunismo han trazado fuertes estrategias en contra de la Iglesia de Mi Hijo, las que están dando su fruto contra Mi amado Benedicto XVI y culminarán en la ya anunciada persecución del Pueblo fiel y el establecimiento del sello del anticristo. Mi amado Pedro sufre y sufrirá. Su corazón sufrirá en Mi tierra: en Fátima le haré ver el dolor de lo venidero.
Sufro, sí, sufro por esos Mis hijos predilectos que no se apegan a las enseñanzas del Evangelio.
Sufro, sí, sufro por esos Mis hijos predilectos que llaman al Pueblo de Mi Hijo a no amarme, a olvidar que tienen una Madre que les ama.
Sufro por esos Mis hijos elegidos que niegan la existencia del infierno, para alentar el libertinaje y la firmeza del poder del demonio en la humanidad.
Sufro, sí, sufro por esos que atentan contra la Iglesia Católica a la que se deben y a la que se han consagrado.
Sufro, sí, sufro por todos ustedes Pueblo amado de Mi Hijo, porque se han entregado a toda clase de placeres e idolatrías.
Sufro por aquellos que profanan y profanarán grandemente el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo.
Sufro por ustedes, que sin conciencia y aturdidos por las voces malignas contrarias a la Iglesia que Mi Hijo instituyó, correrán tras el gran usurpador y junto a él usurparán la Casa de Mi Hijo y la profanarán.
Sufro porque no Me han escuchado, porque han negado Mis llamados, sufro porque perseguirán a estas almas que Mi Hijo ha elegido para que en estos tiempos les participen la Palabra del Cielo.
Sufro por esta generación, idólatra de la pasión carnal, alejada del valor de la vida, entregada a los vicios y a la oscuridad; sufro por las modas desenfrenadas que desvirtúan la naturaleza del hombre y la mujer. Sufro porque Mis hijos están vacíos.
Se han invadido de oscuridad, la que pronto vendrá a llenar la tierra, y en ella los demonios se abalanzarán contra sus presas. Serán momentos de prueba para Mis hijos, de dolor para los que no han creído. La tierra será transformada, ya no será la misma.
NO LES HABLO DEL FINAL DEL MUNDO, LES LLAMO A USTEDES, HIJOS DE ESTA GENERACIÓN.
El comunismo se ha apoderado de una gran mayoría de países, como puntos estratégicos en todo el orbe, desde donde sigilosamente está planeando su entrada, para demostrar su poder.
Hijitos, DESPIERTEN, DESPIERTEN, que cuanto les He anunciado se está cumpliendo ante sus ojos sin que lo miren, negándolo rotundamente, por temor.
Aquí les traigo el arma con la cual He intercedido en todo tiempo: EL SANTO ROSARIO.
¡VAMOS, PUEBLO DE MI HIJO, CADA UNO CONSAGRE SU SER AL CORAZÓN DE MI HIJO Y A MI CORAZÓN!
Recen el Santo Rosario, Mis legiones de Ángeles están esperando el llamado de cada uno de ustedes para protegerles.
Pidan perdón por tanto pecado, arrepiéntanse, que la tarde cae.
Vivan como Mi Hijo les manda apegados a Su Palabra; enmiéndense y cambien de vida.
La Divina Misericordia no tiene límites, conviértanse.
¡VENGAN, PERMITAN QUE LES CONDUZCA A MI HIJO!
Su Madre que les ama.
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MAXIMILIANO KOLBE
padre franciscano canonizado:
"Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin (centro del poder comunista), pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano".
Es decir: Rusia se convertirá, pero no sin que antes el comunismo (sus errores, y el ateismo) lleguen hasta el mismísimo Vaticano, la sede del Papa.
Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual 6 abril, 2010
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Cristo, “hierba medicinal contra la muerte”
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la Vigilia Pascual que presidió en la Basílica Vaticana.
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Queridos hermanos y hermanas
Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo "La vida de Adán y Eva" cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: "El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia". En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte -han pensado repetidamente los hombres- deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.
Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. "Entonces – prosigue el libro de Henoc – Dios dijo a Miguel: "Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria". Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante… Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos" (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).
Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.
En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple "no": al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, "pompas", es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Se rechazaba de esta forma un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia – sin tantos gestos externos – sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las "viejas vestiduras" con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas "vestiduras" que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama "obras de la carne", término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: "fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo" (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.
En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas "vestiduras" "fruto del Espíritu" y las describe con las siguientes palabras: "Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí" (Ga 5, 22).
En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.
En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.
Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres" (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.
[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Libreria Editrice Vaticana]
DE LA MUERTE A LA VIDA 6 abril, 2010
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De la muerte a la vida
Por Mario J. Paredes
ROMA, sábado, 3 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la reflexión con motivo de Pascua que ha escrito Mario J. Paredes, presidente de la Asociación Católica de Líderes Latinos (CALL) de los Estados Unidos, miembro del comité presidencial de enlace de la Sociedad Bíblica de los Estados Unidos con la Iglesia católica, quien representó a esta institución en el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra celebrado en octubre en el Vaticano.
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Si la Pascua judía es la celebración-memoria de la gesta histórica que supuso la liberación del pueblo del Antiguo Testamento sometido al poder de los egipcios, la Pascua cristiana es la celebración-memoria de otro hecho histórico: la Resurrección de Cristo en los cristianos.
Se considera "hecho histórico" a aquello que es constatable y verificable por el universo de las personas por haber ocurrido en un espacio/tiempo determinado y con el hombre como sujeto de dicho acontecimiento. Este es precisamente el caso de La Resurrección: un hecho constatable en un espacio/tiempo determinado hace ya 2000 años en la vida de unos primeros hombres y mujeres – los primeros cristianos – a quienes el Crucificado les cambió de tal forma la vida que llegaron, por tal causa a la evangelización valiente de ese kerigma (primer anuncio) por el mundo entonces conocido y, por ello mismo, al martirio (Hc 2,14ss).
Así, la Resurrección acontece y se verifica en la transformación de la vida, una vida nueva, según el apóstol Pablo lo repite tantas veces (2 Cor 5,17) de los primeros cristianos. Dicho de otro modo, es la vida transformada y nueva de los primeros cristianos a causa del Crucificado la que da fe y testimonio histórico de la presencia viva de Cristo en medio de los cristianos, en medio de su Iglesia, en medio del mundo.
De esta forma, la Resurrección de Cristo no es un mito literario, un cuento de hadas, una leyenda o un embeleco metafísico. La Resurrección de Cristo, muy por el contrario, es un hecho histórico, tangible, incuestionable y verificable en cada hombre y/o mujer que, desde los primeros días de la Iglesia hasta hoy, transforma su vida en el encuentro con el evangelio de Cristo y la propuesta de hombre-nuevo que contiene. La Resurrección de Cristo ocurrió y continua ocurriendo cada vez que un hombre "renueva la mente" (Rm 12,2) y configura su vida al estilo de vida, a los principios y valores vividos y predicados por Cristo en el Evangelio.
Tal renovación de la mente, tal nueva criteriología, tal vida nueva es la que hace que podamos clamar a Dios "Padre"(Rm 5,5 ; Gal 4,6) y vivir la misma vida de Cristo en nosotros, hasta poder gritar como Pablo "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí"(Gal 2,20); es decir: la vida de hijos de Dios y hermanos de todos. De tal manera que alegres y confiados podemos exclamar que "ya no somos esclavos sino hijos" (Gal 4,7) y que para ser libres nos liberó Cristo (Gal 4,31). Por ello también Juan indica que "En esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que nos amamos los unos a los otros" (1 Jn 3,14); y al revés: si no somos capaces de reconocernos hijos de Dios, si no somos capaces de amarnos los unos a los otros, si los frutos (Mt 7,16) que más aparecen en nuestra vida social no son ni buenos ni abundantes entonces Cristo no ha resucitado y "vana es nuestra fe y vana también nuestra predicación" (1 Cor 15,17).
Hoy, la Resurrección de Cristo tiene que continuar siendo un hecho histórico y una celebración en la historia mediante la vida de los cristianos que hacen presente a Cristo en cada espacio/tiempo, en cada cambiante y nueva situación histórica de la humanidad.
Dicho de otra manera: lo que da testimonio de la Resurrección de Cristo, clara y abundantemente testimoniado por los primeros cristianos y su vida comunitaria (Cfr. Hc 2,42ss y 4,32ss) es la vida fraterna de los que cumplen la voluntad del Padre enseñada por el Hijo: que nos amemos los unos a los otros (Jn 13,14) como Dios mismo nos ama. Los relatos de la tumba vacía contenidos en los llamados "relatos de las apariciones" son, por su parte, hermosísimas piezas literarias para expresar la mas importante y fundamental confesión de fe de los cristianos: Cristo continúa vivo en la historia, no ha muerto, ha resucitado (Hc 2,32)siempre que haya hombres y mujeres que se aventuren sin temor y valientemente (Hc 9,28) a compartir el pan (Lc 24,13ss) y a construir la paz por el perdón (Jn 20,19ss) en la alegría y justicia de los hijos de Dios.
Celebrar la Resurrección implica, entonces, resucitar cada día, resucitar siempre: volver a la conversión permanente para vivir-en-Cristo, la vida nueva de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres, porque sin vida-nueva confesar que Cristo ha resucitado no es creíble y es motivo de escándalo.
Por ello, desear y desearles a todos ustedes unas Felices Pascuas de Resurrección significa el deseo de una vida nueva en Cristo según su Evangelio.
El elixir de la vida o de la inmortalidad 6 abril, 2010
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Existe el elixir de la vida, asegura Benedicto XVI
En la "madre de todas las vigilias", lo administra a cinco adultos y un niño ruso
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 de abril de 2010 (ZENIT.org).- El elixir de la vida o de la inmortalidad, que desde tiempos inmemorables busca la humanidad, existe, aseguró Benedicto XVI en la vigilia pascual, es el Bautismo.
Y el pontífice, en la "madre de todas las vigilias", administró esta panacea, buscada durante siglos por los alquimistas, a seis catecúmenos, cuatro mujeres (dos de Albania, una de Somalia y una de Sudán), un japonés, y un niño ruso de cinco años.
"Sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe –aseguró el Papa en su homilía–. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo".
"Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz", añadió el Santo Padre.
La Vigilia Pascual o "Lucernario" comenzó a las 21.00, en el atrio de la Basílica de San Pedro, con la bendición del fuego y la iluminación del cirio pascual.
Durante la homilía, en medio del profundo silencio de los fieles que llenaban el templo levantado sobre la tumba del apóstol Pedro, el pontífice explicó por qué el bautismo es el elixir de la vida.
"También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo –aclaró–. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva".
Ahora bien, preguntó: "¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena".
"La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella", afirmó.
"Sí –concluyó–, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida".



